Se hacen alabanzas a tres dimensiones de los procesos de innovación: la figura del inventor-empresario, los inventores de garage y el sentido artesanal de toda innovación
Es una pena que se haya perdido entre nosotros la figura del inventor-empresario que tanto juego dio a finales del siglo XIX y principios del XX. Karl Friedrich Benz, uno de los inventores del automóvil; Alexander Graham Bell, inventor del teléfono; Thomas Alba Edison, inventor de la bombilla, el fonógrafo y hasta mil inventos más; Elisha Gray, otro de los inventores del teléfono y de otros aparatos, los hermanos Wright, inventores del primer avión; George Eastman, inventor del rollo de película para la fotografía y creador de Kodak; y muchos otros, fueron inventores ambiciosos que querían que sus inventos se introdujeran en el mercado y los hicieran millonarios. Todos fueron grandes empresarios o supieron asociarse con empresarios para conseguir el éxito comercial de sus inventos.
Con el tiempo a lo largo del siglo XX y debido en parte a la complejidad que fue adquiriendo la tecnología y a los elevados recursos necesarios para introducir en el mercado un determinado invento, la innovación fue más un producto de los laboratorios de I+D y una labor de las empresas. No ha dejado de funcionar sin embargo el inventor individual de garaje que se trasforma en millonario como claramente atestiguan figuras como Bill Gates (Microsoft), Steve Jobs (Apple), Mark Zuckerberg (Facebook), Sergey Brin (Google), Jerry Yang y David Filo (Yahoo), Pierre Odmidyar (eBay), Jack Dorsay (Twitter) y muchos otros inventores y empresarios actuales.
Como muy bien se puede deducir de ellos y de sus obras, no ha desaparecido la componente artesanal de la invención ni el carácter empresarial de la innovación, sólo ha cambiado el lugar en el que ahora se producen tales actividades. Es en Internet en el que se están produciendo las grandes innovaciones actuales y, curiosamente, los españoles, e incluso los europeos, sin enterarnos.





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