Economía y bien común para el futuro (XV). Trampas (67)

Trampas. Seguimos analizando en este post los problemas graves que existen en nuestras sociedades en relación con el bien común y sus posibles soluciones. Nos centramos en tres de los más conocidos, cercanos, inaceptables y cuya corrección parece estar en las manos de los hombres y sus instituciones. Son en concreto: el hambre, la pobreza y el desempleo.

Nos preguntamos por cómo hacerlo y llegamos a la conclusión de que hay incompatibilidades claras en nuestros sistemas de funcionamiento, políticos, económicos y sociales. En el caso de la economía ya hemos hablado en esta serie de posts de las dificultades intrínsecas de resolver a la vez temas incompatibles en sí mismos como, el crecimiento económico y el deterioro del medio ambiente, la eficiencia de una economía y la igualdad de sus participantes o el aumento de la población y el mantenimiento de la productividad y la renta per cápita.

Destacamos, al pensar en soluciones, el papel de la política y de los gobernantes y aprovechamos lo indicado al respecto por el catedrático de la Universidad de Oxford, Ben Ansell, en su libro, Por qué fracasa la política. En particular, la existencia de “trampas” en los fundamentos de nuestros sistemas organizativos: democracia, igualdad, solidaridad, seguridad, prosperidad.

(Imagen de arriba, costas de Tailandia)

Un nuevo recuento de problemas graves

Los problemas que acucian a la sociedad mundial en general en estos crispados tiempos, son múltiples y variados. Venimos haciendo referencia a ellos en esta serie dedicada a la búsqueda del bien común. En el último post hemos mencionado expresamente problemas como el hambre, la pobreza y el desempleo, inaceptables desde cualquier punto de vista, y que deberían estar resueltos ya en nuestro mundo. 

Las preguntas que surgen ante hechos como, el 26 % de la población española en riesgo de pobreza, el 7,7 % en situación de pobreza severa y el elevadísimo nivel de desempleo de los jóvenes en el que ocupamos el último lugar de la UE con un 27,4 % de la población menor de 25 años, son del tipo siguiente: ¿por qué no se resuelven estos problemas vitales?, ¿qué estamos haciendo mal?, ¿cómo se podrían resolver?, ¿quien tiene la responsabilidad de resolverlos?, ¿son insolubles?

Para muchos estas preguntas no tienen mucho sentido ya que consideran: 1) que vivimos mucho mejor que nuestros antepasados y esperamos seguir progresando; 2) que parte de los males proceden de las mismas personas que los padecen y son en gran manera irresolubles; y 3) que a la hora de la verdad la situación es aceptable porque nadie se queda sin comer entre nosotros.  

Es decir, para muchos, no existen los problemas tratados o son insolubles porque no dependen de nadie, o, en todo caso, dependen de las personas mismas que los sufren

No es exactamente así, y menos, si consideramos la situación de hambre, pobreza y desempleo en el mundo en su conjunto.  Donde sí se quedan sin comer y, de hecho, mueren de hambre y necesidad, hombres, mujeres y niños.

Situaciones no aceptables

Nosotros creemos, como hemos dicho en varias ocasiones ya, que la situación no es aceptable, ni en el mundo ni en nuestro país, sobre todo si incluimos en la lista de problemas otros como, la carestía de la vida, la inflación, las crisis económicas permanentes, el exceso de economía financiera, la desigualdad extrema, los impactos colaterales negativos de nuestro sistema económico, así como problemas globales como, el agotamiento de los recursos naturales, el calentamiento del planeta o  las circunstancias climáticas desfavorables que parecen ahora más continuadas que nunca.

Vivimos el final de “la caída libre” del mundo y necesitamos actuaciones de todo tipo. Con lo que esto supone de contradicción en cuanto al liberalismo económico y al mecanismo de mercado, concepciones consideradas sagradas entre nosotros y que han demostrado una y otra vez ser más efectivas que otras. 

El problema en cuanto a estas interpretaciones extremas de cómo debemos organizarnos es que se suelen utilizar como ideologías y que nos agarramos a ellas en términos absolutos y sin hacer matizaciones. No nos damos cuenta de que los problemas graves y cercanos listados, como el hambre, la pobreza y el desempleo, primero, se pueden resolver, o son más fáciles de solucionar que, por ejemplo, el cambio climático, y, segundo, son independientes, o deben serlo, de las ideologías o concepciones absolutas de las cosas.

El que exista estabilidad, ingreso mínimo familiar y empleo para todos es, o debe ser, independiente de las ideologías que compartamos. O, dicho de otro modo, dichas ideologías deben ser flexibles y tender hacia el centro y hacia el entendimiento a la hora de buscar soluciones. Al fin y al cabo, los treinta años más destacados en términos de progreso que ha vivido la humanidad, desde 1945 a 1975, han sido años de keynesianismo y socialdemocracia. El primero fuertemente alejado de cualquier socialismo extremo y la segunda decididamente partidaria del liberalismo económico y el mecanismo de mercado.

Pragmatismo es la respuesta y no ideología, en cuanto a los problemas diarios y perentorios de las personas.

Actuación pública y política

Sobre la responsabilidad, habría que decir que es de todos: de los políticos, del gobierno, de la empresa y la economía, de la sociedad civil en general y, desde luego, de los individuos considerados uno a uno. Y, por supuesto, de los sistemas de funcionamiento de nuestras sociedades que nos hemos impuesto a nosotros mismos.

En relación con el último aspecto, hay hoy mucho debate a nivel internacional, pero, una mayoría de países ha adoptado una organización basada en el capitalismo, la democracia, el liberalismo económico y el mecanismo de mercado. Existiendo razones para creer que dicha organización ha sido muy efectiva desde que se difundió en el mundo a partir de la primera revolución industrial de mediados del siglo XVIII.

Es verdad que últimamente hay mucha dispersión en las ideas políticas, mucha polarización, mucho populismo y mucho nacionalismo, a la vez que mucho debate sobre dicha organización básica y su posible reforma.  

Unido a eso, y desde que el liberalismo inicial se corrigió con las ideas de la “sociedad del bienestar” o “estado del bienestar”, la labor más importante en cuanto a adopción y defensa de los derechos de los ciudadanos se considera responsabilidad de los políticos y de los gobernantes. Dichos derechos son: los civiles (siglo XVIII), los políticos (siglo XIX) y los sociales (siglo XX), según la interpretación inicial del sociólogo inglés, Thomas Humphrey Marshall (1893-1981). 

Pero, insistimos, incluso algo como la liberalización total de la economía,  como se está intentando en Argentina, ha de hacerse desde el gobierno y está en manos de la política. La gran cuestión abierta en ese país es que a una situación mala, como el exceso del sector público y de la intervención estatal, se responda con una igualmente defectuosa como es el «libertarismo». Extendiendo la cuestión a todos los países tendríamos que hacernos preguntas del tipo siguiente: ¿cuándo aprederemos a utilizar la verdadera inteligencia en la solución de los problemas generales de la sociedad? y ¿cómo mejorar la democarcia actual impulsando la Inteligencia Colectiva?

Por qué fracasa la política. El papel de las trampas

Llegados a este punto, y puesto que ya todos estamos acostumbrados al papel relevante de los gobernantes y de los políticos, es cuando viene a cuento prestar atención a un gran libro de reciente publicación. Se trata de, Por qué fracasa la política. Las cinco fallas de nuestro sistema político y cómo solucionarlas, de Ben Ansell (Península, 2023).

Es un libro notable al que ya hicimos mención en el post (64) de este blog. Tal como nosotros hemos indicado en relación con medidas y soluciones económicas a las que estamos acostumbrados y que son contradictorias o incompatibles unas con otras, el libro se refiere a cuestiones que asumimos existentes en nuestros sistemas políticos pero que en realidad no forman parte de ellos. Estos errores constituyen, según este autor, las “trampas” de los componentes básicos de la política,

“El problema en cuanto a estas interpretaciones extremas de cómo debemos organizarnos es que se suelen utilizar como ideologías y que nos agarramos a ellas en términos absolutos y sin hacer matizaciones”

Para dar un primer ejemplo podríamos mencionar el caso de la democracia, cuya trampa es el hecho de que, “la voluntad del pueblo no existe”. Explica Ansell que, “los incentivos personales destinados a conseguir lo que cada uno quiere pueden impedir que lleguemos a acuerdos, y cuando esto sucede es cuando la política fracasa”

La voluntad del pueblo solo se manifiesta en casos muy triviales en los que todos podemos estar de acuerdo o en los casos de mayorías claras, en los que los perdedores aceptan las derrotas pero se comprometen a colaborar.

El papel de los intereses personales o de grupos perniciosos, lo estamos viendo hoy en la política española. No es la voluntad del pueblo lo que se busca en el caso de la amnistía y las otras concesiones demandadas por los dirigentes catalanes que llevaron a cabo un Golpe de Estado y que lo siguen buscando. Ni por los gobernantes que ceden y ceden, no exactamente buscando lo que es bueno para todos, sino pensando en que, «quizás», pueda ser bueno.  Es una forma muy peligrosa de avanzar en la que la voluntad del pueblo se sustituye por la voluntad de los dirigentes «interpretando» lo que puede ser bueno para todos.

¿Es la voluntad del pueblo la que impone un 1,6 % de los votantes?

Las cinco fallas de nuestro sistema político

¿Se puede creer que el gobierno de España está buscando la estabilidad del país y el bienestar de sus ciudadanos? ¿Se puede estar de acuerdo en que la voluntad del pueblo español coincide con lo que se está haciendo?

A algunos ciudadanos les parece que no, pero la reciente encuesta del CIS les corrige la plana. A un porcentaje mayoritario del pueblo español, según dicha encuesta, le parece bien lo que se está haciendo.

En relación con este resultado conviene prestar atención a la primera trampa de la democracia en la que se fija Ben , Ansell, la cual cobra importancia para nosotros al relacionarse con el tema de si existe voluntad popular en España en cuanto a las cuestiones graves planteadas y de si se está siguiendo dicha voluntad por parte de nuestros dirigentes.

Como la política a corto plazo no es el tema al que dedicamos este blog, le daremos alguna vuelta más a esta “trampa de la democracia” en futuros posts, pero, más bien, glosaremos y desarrollaremos las cinco fallas de nuestro sistema político a las que se refiere el libro de Ben Ansell. Dichas fallas, o fallos –denominación con la que yo me encuentro más a gusto– se refieren a los cinco componentes siguientes: Democracia, Igualdad, Solidaridad, Seguridad y Prosperidad. En las cinco hay «trampas» que impiden un correcto funcionamiento de la política.

Las cinco son descritas en su contenido y funcionamiento actual, en las cinco se identifican las trampas existentes y para la cinco se incluyen sugerencias de cómo evitar dichas trampas.

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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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