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Los bellos y dorados años 20

Continuamos comentando el libro de John K. Galbraith sobre el crack del 29 y revisamos brevemente la gran etapa económica de finales del siglo XIX y primeros del XX en los Estados Unidos. Sacamos algunas consecuencias en términos del desconocimiento frecuente de los gobernantes de la realidades económicas por las que atraviesas sus países y de las verdaderas razones de las crisis. Entre estas últimas se identifican el afán por hacerse ricos sin esfuerzo y los fallos de las políticas públicas. 

Las revoluciones tecnológicas superpuestas de principios del XX

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El consumismo de los años 20

John K. Galbraith, cuyo libro sobre el crash del 29 venimos comentando desde el post anterior, también tiene razón cuando señala el crecimiento destacado del número de empresas manufactureras en aquellos años y el papel primordial de Ford Motor Company y de la industria del automóvil. No hay que olvidar al respecto que a primeros del siglo XX se había producido una superposición de nuevas industrias (automóvil, telecomunicaciones, petróleo, química) y había surgido una gran “Segunda Revolución Industrial” alrededor de la electricidad y el motor eléctrico.

Las grandes infraestructuras, por otro lado, fueron un destacado motor del crecimiento. Tanto las carreteras y pronto autopistas, como la electricidad, en cuanto a generación, transporte y plantas de distribución,  la industria de la construcción con los edificios en altura que permitió el ascensor y dio lugar a algo tan asombroso como Manhattan, las redes de gas, las refinerías, oleoductos, plantas de almacenamiento y estaciones de servicio, y muchas otras más, son ejemplos a destacar.

Un poco más adelante surgió la industria aeronáutica y algo más adentrado el siglo XX, la radiodifusión y la televisión. Sin olvidarnos de los electrodomésticos, una industria enormemente destacada desde finales del siglo XIX. Y recordando también la industria química, con las medicinas, los detergentes, fertilizantes, los derivados del petróleo, los plásticos, las fibras sintéticas y muchas otros materiales y productos más.

Es decir, una época brillantísima para los negocios en general y para la creación de empresas en particular, con la característica además de ser industrias muy  intensivas en mano de obra que permitieron la creación masiva de puestos de trabajo, la aparición de nuevas profesiones y el desarrollo de estructuras organizativas complejas que darían lugar a los mandos intermedios, los ejecutivos y los directivos, lo que produjo a su vez una clase media poderosa y económicamente pudiente.

Los felices años 20

Una época que permitió la expresión de “los felices años 20”, también llamados, “los bellos y dorados años 20”, y los “locos años 20”. Fue una euforia a la que pronto se sumó Europa, recuperada con rapidez con la ayuda americana, aunque nunca llegaría a ser lo que fue América. Francia por ejemplo y en general Europa, había tenido una etapa similar desde el final del guerra franco-prusiana de 1871 y el comienzo de la guerra del 14, a la que se llamó Belle Époque

En el caso de los Estados Unidos, Galbraith titula el Capítulo I de su libro, “Ilusión, Esperanza Ilimitada y Optimismo” y lo comienza describiendo la presentación del último Informe sobre el Estado de la Unión del presidente Calvin Coolidge Jr. (1872-1933) el 4 de diciembre de1928. Copia, como hago yo aquí tomado del libro mencionado, el siguiente pasaje de dicho informe: «Ninguno de los Congresos de los Estados Unidos hasta ahora reunidos para examinar el estado de la Unión tuvo ante sí una perspectiva tan favorable como la que se nos ofrece los actuales momentos. Por lo que respecta a los asuntos internos hay tranquilidad y satisfacción… y el más largo período de prosperidad. En el exterior hay paz, y esa sinceridad promovida por la comprensión mutua…»

El optimismo de los gobernantes

Parece mentira que menos de un año antes del gran crack del 29 octubre del 1929, día que se conoce como el Martes Negro, se tuviera una impresión tan equivocada sobre la marcha de la economía estadounidense. Esta puede ser otra enseñanza deducida de nuestras reflexiones: “el hecho de que los gobernantes tengan tan poca información y tan poco control sobre lo que hacen y dicen”.

O bien también, que bajo nuestros sistemas de funcionamiento, las crisis pueden surgir en cualquier momento, al igual que las catástrofes naturales. Interpretación, ésta, que hemos discutido ya en este trabajo.

Algo más tuvo que pasar en el país, en cualquier caso, para que la catástrofe se produjera. Parece que tiene que ver con lo que Galbraith también menciona y de hecho contrapone a otra cita del Informe del presidente norteamericano Coolidge. En su informe alabó al pueblo norteamericano diciendo que,  «La fuente principal de esta sin precedentes y bendita  situación está en el carácter e integridad del pueblo norteamericano.»

El afán de hacerse ricos sin esfuerzo

Galbraith, con su enorme sentido del humor, algo que pude comprobar en mi trato personal con él, a quien conocí, como a Kenneth Arrow (1921-2017), Bert Hickman, Christopher A. Sims (Nacido en 1942), Edmond Malinvaud (1923 – 2015), Peter Pauly, Stephen G.Hall (Nacido en 1953) y muchos otros conocidos economistas, de la mano de Lawrence R. Klein (1920-2013), escribe, que los americanos “desplegaron también un asombroso afán de hacerse ricos rápidamente y con un mínimo de esfuerzo físico”.

Todo vino un poco rodado. Para financiar la intervención americana en la Primer Guerra Mundial, el Gobierno del país había emitido bonos que devolvía con importantes intereses. Podía acceder a ellos cualquier persona con cualquier cantidad de dinero, y a la población le pareció una forma magnífica de ahorrar e invertir al mismo tiempo. Pero la cosa no se quedó ahí. Muy pronto, como siempre, surgió un “avispado” hombre de negocios que se dio cuenta de la avidez de los americanos por el dinero y su gusto por el mecanismo de invertir en bolsa y esperar a que el valor de las acciones subiera.

Fue Charles E. Mitchell (1877 – 1955), presidente en aquellos años del National City Bank, quien emitió bonos corporativos e inundó el país de agentes vendiéndolos a todo tipo de personas. Muchos otros bancos hicieron lo mismo, y todos se aprestaron a dar facilidades para su compra. El “compre ahora y pague después” se abrió camino a una velocidad de vértigo y la burbuja se fue creando a la vista de todos[1].

Primeros errores de la FED

El negocio, no obstante, parecía clarísimo ya que las acciones cotizadas en bolsa no hacían otra cosa que aumentar su valor desde años atrás y nadie pensaba que pudiera ser diferente en el futuro. De hecho, a partir de 1925, con ciertos altibajos, la subida fue espectacular hasta el momento mismo de la explosión de la burbuja en octubre del 29.

Adicionalmente, a la Reserva Federal no se le ocurrió otra cosa mejor que bajar los tipos de interés en 1922. Y más adelante, en 1925, bajo la presión de los ministros de Hacienda europeos, la tasa de redescuento se redujo del 4 al 3,5 %, lo cual hizo que entrara de nuevo capital en el mercado, liquidez directamente utilizada en más inversiones en bolsa.


[1] Charles E. Mitchell (1877-1955) ha pasado a la historia como uno de los responsables de la Gran Depresión, mientras que el también banquero, Paul Warburg (1868-1932), es considerado como uno de los pocos que advirtieron con anticipación de la catástrofe que se iba a producir.


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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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