Adolfo Castilla. Inclusividad

Índice de Desarrollo Inclusivo

Continuamos con el análisis del bien común en las sociedades actuales, con el de las causas de su deterioro, y con las actuaciones posibles para su recuperación cuando esto último ocurre. A pesar del progreso de muchas sociedades, de los niveles de vida alcanzados, del bienestar del que presumimos y del papel de nuestras instituciones en cuanto al mantenimiento de la prosperidad y el bienestar, el bien común no es tan común como debería ser.

El alto nivel del bien común de unas épocas y de algunos países, además, se pierde periódicamente por motivos diversos. Da la impresión de hecho, que nuestras sociedades no tienen por objetivo la consecución de dicho bien. Es con frecuencia un resultado secundario o colateral y a veces sólo una consecuencia no buscada.

Hacemos referencia al relativamente reciente “Índice de Crecimiento y Desarrollo Inclusivo”, del World Economic Forum. Sugerimos que tal índice puede ser una buena medida del nivel de bien común en una determinada sociedad. 

(Imagen de arriba de PHOTO-AGENCY045fa7ab64ddef4a642598244beec5486be5cdc94b10bc71879e3eb220151109060308.jpg)

Un rápido recuerdo del impacto negativo de la Gran Recesión

Tras haber dedicado varios posts a las experiencias personales del autor de este blog en tres temas importantes, la toma de las decisiones, el behaviorismo y la teoría económica, volvemos a la línea principal del conjunto del blog en los últimos meses. Dicha línea es, como saben los que lo siguen, la Sociedad del Bien Común y lo que impide alcanzarla, incluso, en los países desarrollados.

Sabemos, por ejemplo, y lo hemos explicado ya en posts anteriores, el fuerte impacto negativo en cuanto al bien de todos de la crisis financiera iniciada en 2007/2008. En unos países más que en otros, por cierto, siendo el nuestro uno de los que más ha sufrido en cuanto a, decrecimiento del PIB, desempleo, desigualdad, disminución de la renta per cápita, desaparición de empresas, crisis bancaria, clase media en retroceso, pérdida de poder adquisitivo de las familias y desequilibrios macroeconómicos diversos.

Han sido casi ocho años de dificultades, si comenzamos a contar en el 2007 y si consideramos que desde el fuerte decrecimiento de 2009 (-3,6 %) hasta el 2014 (+1,4 %) no hubo crecimiento positivo en España. Los años 2015, 2016 y 2017 han sido de clara recuperación con crecimientos del PIB superiores al 3 % anual. El año 2018, por otra parte, sigue siendo bueno, aunque las predicciones anuncian un crecimiento algo inferior. Algunos desequilibrios, como el elevado desempleo, se van corrigiendo aunque muy lentamente. Otros, como los bajos salarios y la precariedad en el empleo, siguen haciendo sufrir a la sociedad española.

La recuperación comenzó con el gobierno de Mariano Rajoy de diciembre de 2011, aunque los años 2012 y 2013 presentaron todavía tasas de crecimiento negativas, -2,5 ese primer año y -1,7 el segundo.

Las contribuciones a la recuperación económica

No vamos a repetir lo ya indicado con detalle en posts anteriores sobre estos hechos. Sólo queremos recordar que la recuperación económica de la que los gobiernos del PP bajo los que se han producido, y su presidente, se han mostrado y se muestran muy orgullosos, al igual que un porcentaje elevado de la población del país, ha exigido elevados sufrimientos de numerosos componentes de dicha población. Sufrimientos, perdón por la insistencia, que todavía perduran.

El saneamiento del sector bancario, la reforma del mercado laboral  y la austeridad en los gastos públicos han sido los fundamentos de la recuperación. Con una mejora clara de la balanza comercial de bienes y servicios y por cuenta corriente en los dos últimos años.

Eso por lo que se refiere a grandes políticas de actuación del gobierno, a las que hay que añadir, ayudas externas como los bajos tipos de interés y la fuerte ayuda del Banco Central Europeo con el rescate de los bancos y con la inyección de liquidez. Así como contribuciones exógenas como los bajos precios de las materias primas, la baja inflación y otras circunstancias favorables.

Se ha conseguido disminuir el déficit público y situarlo dentro del objetivo acordado con la Unión Europea y la deuda pública, cercana todavía al 100 % del PIB, parece que se modera.

Todo eso, como decimos, conseguido en gran manera a costa del elevado desempleo, sobre todo de los jóvenes, los bajos salarios, la precariedad en el empleo y las prácticas fraudulentas de muchos empresarios. Así como de la disminución en términos reales de las pensiones, de la pérdida de poder adquisitivo de las familias, de la irreparable disminución de la clase media, del fenómenos de los “nuevos pobres” y de otros fenómenos actuales. Todo ello, y en relación con la contribución del trabajo, facilitado por la fuerte población inmigrante, capaz de aceptar cualquier cosa en términos salariales y condiciones de trabajo.

El deterioro del bien común

Las empresas españolas han recibido gran parte de los beneficios de la reciente bonanza. Muchas de ellas han reducido de forma destacada sus deudas y sus reservas de capital han aumentado de forma considerable.

Un crecimiento superior al 3 % anual conseguido por nuestro país en los tres últimos años no es algo que podamos despreciar y hay que asignarle los méritos que correspondan a los dirigentes del país. No todos los méritos desde luego, ni mucho menos.

Ese resultado tiene mérito sin duda, pero debemos acostumbrarnos a vivir en un mundo de contradicciones. Lo ocurrido en España en los últimos años puede conectarse con la contradicción “eficiencia-igualdad” que los economistas señalan.

En los últimos años hemos conseguido cierta eficiencia macroeconómica a costa del deterioro de la igualdad. Una parte de la sociedad ha contribuido más que otras a la estabilidad y al crecimiento conseguido.

Las empresas han medrado a costa de los obreros y empleados, y el Estado y sus equilibrios macroeconómicos a costa de las familias y de los ciudadanos en general.

Nos hemos referido ya en posts anteriores al retroceso del país como resultado de la pérdida del 10 % del PIB acumulado, en cuanto a su caída en ranking por volumen a nivel mundial, su hundimiento en renta per cápita y su alejamiento de la media europea en relación con esta última variable.

Pero el verdadero deterioro hay que medirlo en términos de los individuos y sus dificultades. Si prestamos atención a las personas la situación es muy deficiente en nuestro país, como claramente muestra el Índice de Inclusión creado por World Economic Forum.

El informe del World Economic Forum

En la edición del Informe presentada con motivo de la reunión anual de esta institución celebrada en Davos en enero pasado, The Inclusive Development Index 2018. Summary and Data Highlights, nuestro país no sale muy bien parado. Ocupamos el puesto 26 de los 29 primeros países del mundo en cuanto a este índice, con una puntuación del 4,4  y sólo tres países detrás de nosotros: Italia, Portugal y Grecia. Con la particularidad además, de que en lo relativo a renta per cápita nuestra posición en el ranking mundial es la 23. Es decir empeoramos en lo relativo a inclusividad.

Se trata por cierto de un índice en el que se miden tres grupos de KPI (Key Performance Indicators), o Indicadores Clave del Funcionamiento o Desempeño, concepto surgido y utilizado en el mundo empresarial que ahora se utiliza en el macroeconómico.

Los indicadores empleados por WEF, son de tres tipos. A) Crecimiento y Desarrollo: 1.- PIB per cápita; 2.- Empleo; 3.- Productividad Laboral; 4.- Esperanza de Vida. B) Inclusión: 5.- Ingreso promedio por familia; 6.- índice de Gini (Ingreso); 7.- Índice de pobreza; 8.- Índice de Gini (riqueza). C) Equidad Intergeneracional y Sostenibilidad: 9.- Ahorro neto ajustado; 10.- Deuda Pública como porcentaje del PIB; 11.- Ratio de Independencia Demográfica; 12.- Intensidad de carbono.

Son doce indicadores que pueden recoger mejor que otros índices múltiples como el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas,  el nivel de Bien Común de una sociedad.

Inclusividad y explotación

Mi propuesta es unir la “inclusividad” de una sociedad a su nivel de “bien común”. Para ello hay que prestar atención al hecho de que este término y el cercano de “inclusivo”, se hicieron populares a raíz de la publicación del libro de Daron Acemoglu (nacido en 1967) y James A. Robinson (nacido en 1960), Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza (2012 en inglés y 2014 en español).

Lo utilizaron para caracterizar a la organización económica, empresarial y social — institucional en general– de determinados países y regiones que lograron progresar y prosperar a lo largo de los años en contraposición a otros que han quedado estancados. Relacionan lo inclusivo, o compartido, con los primeros, y la explotación, o lo extractivo, con los segundos.

Antes, “inclusivo” se utilizaba, y se utiliza, claro, en relación con la educación. Se contrapone a los de marginalidad y exclusividad social. Se habla de “educación inclusiva” para referirse a una educación extendida a todos los componentes de una sociedad, ya sean niños, jóvenes o adultos, con referencia además a los más vulnerables y débiles.


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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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