Adolfo Castilla sobre condiciones de vida

Condiciones de vida de las clases bajas en el siglo XIX

Damos en este post algunas informaciones adicionales sobre las condiciones de vida de las clases bajas en el siglo XIX, tanto en Inglaterra, país tomado como referencia, como en España. Entramos en el terreno de las crisis financieras, otro fenómeno típico del capitalismo, contribuyentes al deterioro periódico del nivel de vida  de las personas. Revisamos la ingobernabilidad que ello crea, con especial referencia al caso de España en los últimos años del mencionado siglo XIX. Terminamos haciendo referencia a la toma de conciencia de los más perjudicados y a la forma de defenderse de los trabajadores con la aparición de los sindicatos. Tema, este último, que desarrollaremos en el siguiente post.

(Imagen de arriba tomada de “Nueva York rico, Nueva York pobre: las dos caras de la ciudad más icónica de EEUU” BBC: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/04/160418_nueva_york_ricos_pobres_primarias_ps )

La crisis financiera de 1866 en Inglaterra

La clase trabajadora
(Imagen tomada de la Era Victoriana, SOBREHISTORIA.COM: https://sobrehistoria.com/la-era-victoriana/)

La revisión somera de la pobreza y desigualdad en el siglo XIX llevada a cabo en los últimos posts, muestra la debilidad extrema de ambas dimensiones de la vida en común de los hombres a lo largo de ese periodo.

En lo relativo a Inglaterra, país tomado como referencia, hubo alguna mejora en los salarios en las décadas de 1840 y 1850, pero en la siguiente década el proceso se detuvo por la crisis financiera y comercial desencadenada en 1866. Se inició con la quiebra del primer banco del país, el Overend & Gurney Company, y su liquidación en junio de dicho año. Las crisis financieras constituyen fenómenos íntimamente ligados al capitalismo que afectan en principio a todos los miembros de una sociedad capitalista, pero que se ceban con los pobres y las clases bajas.

Los problemas con el Overend se debieron en gran manera a su transformación de banco comercial de enorme éxito, en banco de inversión, facetas que entonces no estaban tan diferenciadas como ahora. Este banco invirtió masivamente en acciones de compañías de ferrocarril las cuales no habían hecho otra cosa que aumentar su  valor desde la aparición de grandes compañías y grupos ferroviarios a partir de los años 30 por lo que se refiere a Inglaterra y en años posteriores por lo que se refiere a España a otros países europeos.

La crisis, de hecho, se extendió a otros países y se podría decir que tuvo alcance mundial. La concatenación de pasos que se dan en estas ocasiones es muy típica, y se dieron tanto en la crisis que comentamos, la primera de carácter global del joven capitalismo, como en la más reciente de 2007-2009.

Proceso que siguen las crisis y la crisis de 1866 en España

Primero aparece la crisis financiera debido en este caso concreto a que la burbuja creada alrededor de las acciones de compañías ferroviarias estalló. Dichas acciones habían aumentado excesivamente su valor ante las expectativas exageradas de beneficios. Cuando dichos expectativas no se hicieron realidad se produjo el hundimiento del valor de las acciones y con ello unas pérdidas muy elevadas a los que tenían muchas de ellas.

Con ello muchas empresas, en especial el Overend, perdieron su liquidez (es decir, se quedaron sin dinero) y también la perdieron sus clientes, ya que, como se sabe, la mayor parte de lo que un banco invierte se hace con el dinero de sus depositantes.

El pánico cundió y todos los depositantes intentaron retirar su dinero de los bancos, con lo cual, la crisis llegó a la economía real y se produjeron cierres de empresas y descenso de la actividad económica en general. El resultado fue la aparición, o el aumento, del desempleo y la pobreza. Y las consecuencias, a su vez, las de  inestabilidad política e ingobernabilidad.

En el caso concreto de España la crisis se inició en el mismo año y por las mismas razones, con la particularidad, además, de que a la burbuja financiera y el deterioro de la actividad económica se unieron otras circunstancias como las dificultades de la industria textil catalana, el hundimiento de la producción de acero, y el más importante en términos de pobreza: una nueva “crisis de subsistencias” consecuencia de las malas cosechas.

Miseria y beneficencia

Si además se tiene en cuenta que el país (seguimos refiriéndonos ahora a España) se había desangrado por las sucesivas guerras carlistas y por alzamientos, revoluciones y golpes militares continuos, además de las guerras de independencia de las colonias e intervenciones diversas en el protectorado de Marruecos, se tendrá un panorama del siglo XIX español en términos de pobreza.

Los militares, la nobleza, la burguesía y la clase política aparecida con fuerza con el constitucionalismo y con la monarquía parlamentaria (tres años con Fernando VII (1784-1833), todo el reinado de Isabel II (1830-1904) y etapas posteriores, entre repúblicas y dictaduras)  vivieron en esa época convulsa protegidos por sus riquezas y privilegios pero la población, en porcentajes altísimos, vivió muy mal.

No hay que olvidar, por otra parte, que el XIX fue un siglo liberal, fundamentalmente  en Inglaterra, y en parte en otros países. El nuevo paradigma político y económico en proceso de sustitución del anterior de monarquía absolutista era el de, libre mercado, liberalismo económico, capitalismo duro y primario y no intervención del Estado. Esta última era una cuestión básica defendida con fuerza por los primeros economistas.

En el caso de España la pobreza era extrema y la miseria generalizada en los años 1866 a 1868, y aunque no existía un Estado propiamente liberal ni una democracia verdadera, a pesar de la existencia de partidos políticos y parlamento, la intervención del Estado era mínima. La pobreza se resolvía muy mal, con instituciones caritativas privadas y con la llamada “beneficencia pública”, mínima en todos los sentidos en aquellos años. Se comenzó a tomar medidas a partir de 1822 y en 1849 se publicó la Ley de Beneficencia Pública. Sus prescripciones no fueron cumplidas por el Estado, siendo las administraciones locales las que hacían frente a la pobreza con grandes dificultades.

Ingobernabilidad y cambio de régimen

Era una época en la que las rebeliones de las clases bajas, las revoluciones y todas las situaciones de ingobernabilidad, muy frecuentes por cierto, las resolvían el ejército y los militares con dictaduras sucesivas, unas tildadas de duras y otras de blandas.

La reina Isabel II los utilizó continuamente y en su reinado fueron presidentes de gobierno numerosos militares desde, Baldomero Espartero (1793-1879) hasta Ramón María Narváez (1799-1868) y Leopoldo O’Donnell (1809-1867), pasando por Serafín María de Sotto, Francisco Armero Peñaranda, Fernando Fernández de Córdova o José Gutiérrez de la Concha.

Tras lo que se llamó la revolución de 1868, también llamada “La gloriosa”, como la inglesa de 1688, el 30 el septiembre del mismo año Isabel II abandona el país y se exilia en París con su familia. En 1870 abdicó todos sus derechos dinásticos en su hijo Alfonso, quien comenzaría a reinar en España a partir de diciembre de 1874 con el nombre de Alfonso XII (1857-1885). Entre la salida de su madre de España y su nombramiento como rey hubo en el país un periodo de seis años al que la historia ha llamado, indistintamente, “sexenio democrático” y “sexenio revolucionario”. Estuvo formado por tres periodos de aproximadamente dos años cada uno: el del gobierno provisional, el de la monarquía democrática de Amadeo I y el de la I República Española.

A la muerte prematura de este rey en 1885 (con solo 27 años) se paralizó el proceso de sucesión al trono hasta que la reina consorte María Cristina de Habsburgo-Lorena diera a luz al hijo que esperaba, el único varón nacido de los dos matrimonios de Alfonso XII.

Condiciones de vida muy deficientes

Desde su nacimiento en mayo de 1886 fue rey de España con el nombre de Alfonso XIII, aunque su madre, María Cristina de Habsburgo-Lorena, actuó de regente hasta sus 16 años en 1902. La regencia de su madre y su propio reinado fueron tiempos turbulentos y convulsos con guerras como la de Cuba, llamada en su última parte  (1998) Guerra Hispano-Estadounidense. Se perdieron entonces las últimas colonias españolas en desastres militares sucesivos terriblemente vergonzosos. Desastres que continuaron en el protectorado de Marruecos hasta el año 1925 ya bien entrado el siglo XX.

Un periodo de la historia de España que nos permite establecer otra conclusión en relación con las condiciones de vida de las personas: si la pobreza y la desigualdad son extremas y la gente no puede vivir, la ingobernabilidad aparece antes o después y los cambios radicales surgen como remedio, desde las dictaduras, las guerras y los independentismos hasta los cambios radicales de forma de gobierno.

El siglo XIX en su conjunto y gran parte del XX fue terrible para las clases bajas, muy numerosas por cierto, y formadas en su capa más deficiente por:

– Viudas carentes de recursos económicos, con hijos pequeños que criar.

– Ancianos que ya no pueden trabajar, sin recursos.

– Enfermos, que podía ser una tragedia por llevar hasta la pobreza.

– Los pobres vergonzantes formados por personas arruinadas, o familias venidas a menos, clérigos exclaustrados, viudas de militares, cesantes de la administración pública y otros.[1]

Proletariado industrial

En cuanto al proletariado industrial, que comienza a formarse en España en la década de 1870, ya que hasta 1860 fue un país pre-industrial, vivía en condiciones miserables.

– Sus sueldos no cubren las necesidades básicas, y es necesario el trabajo de la mujer y el trabajo infantil.

– Es un trabajo inseguro, sin regularidad en el empleo.

– Las viviendas son pequeñas e insalubres, al igual que sus lugares de trabajo.

– Se produce entre ellos un progresivo alejamiento de la Iglesia.

– También un abandono de la moral burguesa tradicional.

– Y una desconfianza hacia el Estado. Arraiga el anarquismo, que será difundido en el Sexenio.

– No acuden a la escuela, porque tienen una consideración muy negativa de las escuelas públicas.[2]

No existían todavía medidas como las que hoy incluimos en lo que llamamos “sociedad del bienestar”, es decir, seguridad social en forma de pensiones aseguradas por el Estado, asistencia médica universal, seguros de desempleo y otros.

La gente en Madrid, Barcelona y otras ciudades, vivían y morían en la calle, con frecuencia de hambre y de necesidad de asistencia médica. Los ancianos sin recursos, muy especialmente, eran totalmente vulnerables.

Condiciones de vida recreadas también por escritores españoles como Pío Baroja (1872-1956), sobre todo en su trilogía, La lucha por la vida. Y también por Benito Pérez Galdós (1843-1920), Miguel de Unamuno (1864-1936), Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936), José Martínez Ruiz (Azorín) (1873-1967) y otros.

Toma de conciencia de los trabajadores y aparición de los sindicatos

A pesar de la crítica social diversa a las condiciones de vida de altos porcentajes de la población, tanto en España como en otros países, y a pesar del pensamiento radical que surge en el siglo XIX, la situación de las clases bajas mejoró muy poco.

Dicho pensamiento, por cierto, en su versión más democrática, buscaba el sufragio universal, una pérdida progresiva del  poder de la iglesia y una forma de gobierno de República democrática.

Otros radicalismos, como el anarquismo y el comunismo, a los que ya hemos hecho referencia, buscaban cambios más extremos.

Hubo algo, sin embargo, que si prendió en el siglo que venimos analizando, se trata de la toma de conciencia de las clases bajas, especialmente de los trabajadores. La aparición de los sindicatos y su papel en la mejora de vida del proletariado es algo a analizar en próximos posts.

Sorprende en relación con este último fenómeno social, la resistencia que opusieron los poderes establecidos a la creación de asociaciones de obreros y los esfuerzos y luchas necesarios para la creación de los primeros sindicatos y, especialmente, para la aprobación del derecho a la huelga.

Todo empezó en Inglaterra en 1836  con el “cartismo” y llamada Carta del Pueblo y como hito destacado s puede mencionar el avance social que supuso la aprobación en Bélgica en 1867 del derecho a la huelga.

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[1] Ver “Historia de España. Siglo XIX (2/2)” de Antonio Fernando González Recuero, mailxmail.com, http://www.mailxmail.com/curso-historia-espana-siglo-xix-2/pobreza-s-xix

[2] Misma referencia


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Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN, Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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